jueves, 29 de mayo de 2014

Las manos de la madre

Un joven fue a solicitar un puesto gerencial en una empresa grande. Pasó la entrevista inicial y ahora iba a conocer al director para la entrevista final.
El director vio en su CV sus logros académicos y eran excelentes. Y le preguntó: " ¿Recibió alguna beca en la escuela?" el joven respondió "no". "¿Fue tu padre quien pagó tu colegiatura? " " Mi padre murió cuando yo tenía un año de edad, fue mi madre la que pagó. "-respondió. "¿Dónde trabaja tu madre? " "Mi madre trabajaba lavando ropa."
El director pidió al joven que le mostrara sus manos . El joven mostró un par de manos suaves y perfectas. "¿Alguna vez has ayudado a tu madre a lavar la ropa? " "Nunca, mi madre siempre quiso que estudiara y leyera más libros. Además, mi madre puede lavar la ropa más rápido que yo.
El director dijo: "Tengo una petición: cuando vayas a casa hoy, ve y lava las manos de tu madre, y luego ven a verme mañana por la mañana." El joven sintió que su oportunidad de conseguir el trabajo era alta.
Cuando regresó a su casa le pidió a su madre que le permitiera lavar sus manos. Su madre se sintió extraña, feliz pero con sentimientos encontrados y mostró sus manos a su hijo. El joven lavó las manos de su madre poco a poco. Rodó una lágrima al hacerlo. Era la primera vez que se daba cuenta de que las manos de su madre estaban tan arrugadas y tenían tantos moratones.
Algunos hematomas eran tan dolorosos que su madre se estremeció cuando él la tocó. Esta fue la primera vez que el joven se dio cuenta de lo que significaban este par de manos que lavaban la ropa todos los días para poder pagar su colegiatura. Los moretones en las manos de la madre eran el precio que tuvo que pagar por su educación, sus actividades de la escuela y su futuro. Después de limpiar las manos de su madre, el joven se puso a lavar en silencio toda la ropa que faltaba. Esa noche, madre e hijo hablaron durante un largo tiempo.
A la mañana siguiente, el joven fue a la oficina del director. El director se dio cuenta de las lágrimas en los ojos del joven cuando le preguntó: "¿Puedes decirme qué has hecho y aprendido ayer en tu casa?"
El joven respondió: "lavé las manos de mi madre y también terminé de lavar toda la ropa que quedaba" "Ahora sé lo que es apreciar, reconocer. Sin mi madre, yo no sería quien soy hoy. Al ayudar a mi madre ahora me doy cuenta de lo difícil y duro que es conseguir hacer algo por mi cuenta. He llegado a apreciar la importancia y el valor de ayudar a la familia. El director dijo: "Esto es lo que yo busco en un gerente.
Quiero contratar a una persona que pueda apreciar la ayuda de los demás, una persona que conoce los sufrimientos de los demás para hacer las cosas, y una persona que no ponga el dinero como su única meta en la vida". "Estás contratado". Anónimo

lunes, 30 de diciembre de 2013

Cualquier tiempo pasado fue peor

Viene hacer hoy, dos años este trastero. Y para celebrarlo, como ya hiciera en su primer aniversario, traigo unas letras de uno de los míos. Este año las firma Juan Antonio Jiménez Sánchez, quien entendiera a la perfección este modo de expresión y con quien vengo teniendo la suerte de compartir la vida.


Cualquier tiempo pasado fue peor



Si algo he tenido claro siempre es que cualquier tiempo pasado fue peor, y no son pocas las veces que me viene esta idea a la mente durante el año, sobretodo cuando se van acercando las uvas.

Jamás como uvas, salvo en Nochevieja. Mientras todos miran la televisión tomándolas al ritmo de las campanadas, tengo la costumbre de mirar por la ventana, dedicando cada uva a un mes del año que acaba, con la certeza de que lo mejor està por llegar.

Me da cierta serenidad huir del pesimismo, de la desesperanza, de la queja, de la preocupación. No trato de escapar de la realidad, sino de afrontarla, pese a sus reveses, con la mejor de las caras, aunque por dentro esté sufriendo por algún tipo de dificultad.

Miro hacia atrás y veo un 2013 que no ha favorecido a casi nadie; se me presentan caras de personas muy cercanas que siguen viviendo situaciones difíciles, ya sean laborales o de salud, y me edifica mucho la actitud de muchos de ellos, que siguen saliendo de casa cada mañana con las armas guardadas, pero con los dientes afilados, dispuestos a morder, a ganarse la vida, a cambiar su presente y a reinventarse para que sea posible un futuro diferente.

Me encantan las personas que le ponen los cuernos a la tristeza y a la desgana, que saben hacerle una trompetilla al jefe sin que éste se dé cuenta, porque los haya tratado injustamente; son los que me recuerdan que si te pones delante de un toro, tiene que ser el toro el que salga corriendo primero y asustado.

Porque si hay algo que asusta, sorprende, vence, arrastra y convence, eso es la actitud de ir con la cabeza alta, la sonrisa puesta y las lágrimas guardadas ante aquello que más miedo nos provoca.

Y al mirar hacia atrás, veo que en 2013 muchas personas le han puesto un buen par de banderillas al sufrimiento, queriéndolo aniquilar para que no siga dándonos quebraderos de cabeza.

He pasado un año especialmente bueno, y no por los éxitos conseguidos sino por todo lo que he aprendido de mis fracasos, de las cosas que no han salido bien y de aquellas que pueden mejorar. Creo que la vida es así, saber vivirla con alegría y disfrutando con independencia de que el viento sople con fuerza y en contra. A mí me gusta que me quite el flequillo de la cara.....

Hacia atrás hay que mirar siempre ( aunque algunos digan que ni para coger impulso), precisamente para cogerle el pulso al tiempo, a las cosas, a las personas, y saber quiénes son los que quedan respirando, porque ellos son los que a golpe de corazón y con el martillo en la mano serán capaces de salir de la situación en la que nos encontramos.

Sólo hay una cosa que nos distingue a unos de otros, y puede llevarnos a la cima más alta: la actitud.

Algunos optan por encender una vela mientras otros se quejan de la oscuridad, y es evidente que serán unos los que vean antes las oportunidades y los otros los que seguirán a tientas y a ciegas.

Una actitud optimista, segura y entusiasta de querer comerse la vida a cucharadas, será la que nos llevará a lo más alto, y la que impedirá que ningún enemigo por fuerte que sea pueda minarnos la moral. Hay que seguir intentando las cosas, aunque no salgan a la primera, a pesar de que las circunstancias no nos sean favorables.

Ya ha acabado el tiempo de lamentarse y de la queja, y ha llegado la hora de disfrutar de la vida las 24 horas del día, de aprovechar cada momento que estamos y que nos quede en este Paraíso que Dios nos ha regalado, de acostarnos cada noche recordando sólo las cosas buenas que nos hayan pasado, que no renunciemos nunca a contarle un cuento a nuestros niños, de disfrutar de una cerveza en compañía de alguien que queramos, de reírnos con algún whatsApp ocurrente que recibamos, de tener en cuenta a nuestros padres, de llamar a aquella persona con la que hace tiempo que no hablamos, de escuchar música distinta, de leer algo que nos cultive, de pasear alguna tarde perdiéndonos por la ciudad, de pensar que las cosas pueden cambiar y de tener la seguridad de que lo harán, y para mejor.

Cualquier tiempo pasado fue peor y lo mejor está por llegar, siempre que nos mostremos activos para que así suceda.

Termino contándote un secreto. En mi ordenador tengo una frase escrita que es lo primero que aparece cuando lo enciendo: " Lo consiguieron porque no sabían que era imposible".

No hay nada imposible, nada, y así encaro el 2014, deseándote que también se puedan cumplir la mayor parte de tus sueños, de tus proyectos.

En dos noches estaré liado con las uvas, escuchando de fondo a mi familia mientras miro por la ventana, con mi peculiar autismo, acordándome de lo que ya ha pasado... pero, sobretodo, con ganas de darle un abrazo al nuevo año, para vivirlo a tope con los míos yendo juntos de la mano.

Ese es mi deseo, y si se cumple, el año que viene con el champagne pasaré de las uvas, y me tomaré un plátano.

                                                                                  
                                                                                           Juan Antonio Jiménez Sánchez

lunes, 2 de diciembre de 2013

El Portal de Belén tenía una Ventana

Erase una vez un pastor de ovejas al que todos conocían como el Pastor de la Caña que, en una noche fría y despejada de invierno, se encontraba descansando al calor de la hoguera mientras el rebaño pastaba vigilado por su perro, De pronto, se le apareció un ángel, que acercándose lentamente le dijo;

No temas, vengo a traerte una buena noticia; porque ha nacido hoy en la ciudad de de Belén, un Salvador, que es Cristo, el Señor. Hallarás al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre"

El pastor se puso en pié, se abrigó con el manto color rojo purpura, cogió su caña de pastorear e inició la marcha según le había indicado el Ángel, siguiendo una estrella resplandeciente.

No era muy alto, tenía un corazón noble y buena fama entre los demás pastores de la zona por su generosidad al compartir el pasto de las tierras que le pertenecían con otros rebaños. Le llamaban Pastor de la caña ya que no utilizaba una vara de nogal, sino una caña que le regalara su padre, que también fue pastor de ovejas.

Tras varias horas de camino, comprobó cómo la inmensa estrella brillante se detuvo en una zona de establos, justo donde se agolpaban un gran número de personas. Se fue acercando inquieto, buscando al niño que acababa de nacer. Llegó hasta pocos metros mientras saludaba a otros pastores que habían llegado antes que él. Intentó acercarse para mirar pero un sequito que acompañaba a los que decían eran tres reyes de oriente, no le permitía el paso.


Por más que intentaba colarse entre el tumulto silencioso que se juntaba frente al establo, no conseguía abrirse un hueco para mirar al Niño. Era tal cantidad de gente la que se había juntado, que con lo menudo de su cuerpo no podría nunca llegar hasta la primera fila. Triste, el Pastor de la caña desistió de llegar hasta el pesebre, dio unos pasos atrás y cabizbajo se fue retirando, mas giró la cabeza y vio lo que no imaginaba; El establo tenía una ventana.

Miró dos veces a cada lado, incrédulo de estar solo ante la ventana desde donde contemplar al Señor. Llegó hasta ella, apenas se elevó un poco con las puntas de los pies… y allí lo vio, tranquilo, silente, era un hermoso recién nacido envuelto en paños que, tumbado en un pesebre cargado de paja, sonreía a todos.

Junto al pequeño, la Madre en cuyo rostro se reflejaba la ternura más acendrada. El Esposo, recibía y atendía las felicitaciones de todos, y su sonrisa denotaba el orgullo de padre feliz. El pastor quedó absorto ante aquella estampa. Nunca antes había sentido tanta paz, notando como si su corazón se pusiera de rodillas adorando aquel pequeño, convencido que era el más grande.

Mirándose pensó, qué podía ofrecerle que no le hubieran regalado ya. Rápido se despojó de su manto color púrpura, lanzándolo desde la ventana. Cayó a los pies de su Madre quien con gesto amoroso agradeció el presente y abrigó con él al Niño Jesus.

Aguardó contemplando hasta que el niño quedó dormido, sintió que el encuentro vivido en aquella ventana le marcaría para siempre. Se dio la vuelta y comenzó el camino de regreso.

Una vez que llegó hasta donde estaba su rebaño, reparó que no llevaba consigo la caña. Se la había dejado apoyada en la ventana.

“No importa”. Pensó. Quizás le sirva cuando crezca y sea Rey.