viernes, 27 de enero de 2012

Lo mejor es para ti

Era un matrimonio pobre.

Ella hilaba a la puerta de su casa pensando en su marido. Todo el que pasaba se quedaba prendado de la belleza de su cabello, rubio, largo, como hebras brillantes, salidas de su rueca.

Él iba cada día al mercado a vender algunas frutas. A la sombra de un árbol se sentaba a esperar, sujetando entre los dientes una pipa vacía. No llegaba el dinero para comprar una pizca de tabaco.

Se acercaba el día del aniversario de la boda y ella no cesaba de preguntarse qué podría regalar a su marido. Y, además, ¿con qué dinero?

Una idea cruzó su mente. Sintió un escalofrío al pensarlo pero, al decidirse, todo su cuerpo se estremeció de gozo: vendería su pelo para comprarle tabaco.

Ya imaginaba a su hombre en la plaza, sentado ante sus frutas, dando largas bocanadas a su pipa: aromas de incienso y de jazmín darían al dueño del puestecillo la solemnidad y el prestigio de un verdadero comerciante.

Sólo obtuvo por su pelo unas cuantas monedas, pero eligió con cuidado el más fino estuche de tabaco. El perfume de las hojas arrugadas compensaba largamente el sacrificio de su pelo.

Al llegar la tarde regresó el marido. Venía cantando por el camino. Traía en la mano un pequeño envoltorio: eran unos peines para su mujer. Los acababa de comprar, tras vender su pipa.


                                                                                                   (Anónimo)

domingo, 8 de enero de 2012

¿Cómo hago?

Es verdad de la buena lo que a continuación cuento, no siendo un escrito basado, sino descrito sobre hechos reales que sucedieron me en un día cualquiera y con unas personas de las que no daré sus nombres porque el fondo de su asunto es de carácter personalísimo y no podría yo, en ningún caso, revelar datos identificativos de los protagonistas de la siguiente historia.
Sonó el teléfono y tras el aparato encontré un cliente cuya confianza en mi hace que las exigencias de responsabilidad se multipliquen a cada requerimiento que me hace. Me expuso brevemente la situación insostenible en la que se había tornado el matrimonio de un familiar suyo, precisaban la intervención de un abogado ya que en la pareja desavenida se acabaron las ganas de discutir y la amenaza de separación se confirmó como única alternativa a la viabilidad de la felicidad en los cónyuges. Acordamos que a los dos días siguientes, en su tarde, vendría su pariente a sentarse al otro lado de mi mesa de trabajo para encontrar la orientación que su suceso demandaba. Suele ser esta la habitual forma en la que se origina el cliente, siendo la primera cita prueba de fuego para obtener la confianza de quien te expone el ocurrido que le atormenta.
Y de esta forma, llegada la hora, me encuentro frente a un varón bastante educado y serio en las formas. Moderno en el vestir y arreglado para la ocasión, el rostro lo tenía apenado y transmitía que ansiaba el encuentro desde hacía días, se presentó con la duda de si vería algo de luz en tanta niebla como le rodeaba.
En una conversación fluida, comenzó a contarme los motivos por los que había llegado a dicha encrucijada con su esposa. Me contó, como suele ser habitual en la gente sencilla, más datos de los precisos, describiendo con naturalidad pasmosa hasta las negativas íntimas que recibía.
Me tocaba el turno de intervenir y dispuesto que empezara a comentar las cuestiones propias del asunto que le había traído; mutuo acuerdo, convenio regulador, custodia, régimen de visitas, alimentos, liquidación de gananciales… y mi protagonista, haciendo uso en toda su extensión de la función fática del leguaje, asentía pareciendo entender todo lo que le comentaba. En ningún momento me cuestionaba nada, ni interrumpía en cada uno de los conceptos que iba exponiendo. Todo ello, en contra de lo que a mis capacidades le convienen ya que una interpelación a tiempo siempre le da a uno aire para centrar ideas.
Continuaba con la exposición y, a mi gusto, parecía demasiado el tiempo que hacía que no cruzaba palabra el buen hombre que en frente tenía, es mi condición hacer un resumen breve de todo cuanto he dicho al terminar, y en ese momento el cliente se inclina sobre la mesa como buscando acomodo para hablar, me pongo a su disposición para cuantas cuestiones crea oportunas y él, muy determinante me responde:
-          Ya, pero… ¿Cómo hago para volver con ella?

lunes, 2 de enero de 2012

La palabra

Dice el maestro:

     Escribe. Ya sea una carta o un diario, o unas notas mientras hablas por teléfono, pero escribe.

     Escribir nos acerca a Dios y al prójimo. Si quieres entender mejor tu papel en el mundo, escribe. Procura plasmar tu alma por escrito, aunque nadie lo lea; o, lo que es peor, aunque alguien acabe leyendo lo que no querías. El simple hecho de escribir nos ayuda a organizar el pensamiento y a ver con claridad lo que nos rodea. Un papel y un bolígrafo hacen milagros, curan dolores, consolidan sueños, llevan y traen esperanza perdida.

     La palabra tiene poder.
                     
                                     
                                                                                       Paulo Coelho (Maktub)

viernes, 30 de diciembre de 2011

Presentación

Con permiso, ¿Se puede?
Arranco esta idea sin tener muy claro el rumbo que tomará con el paso del tiempo. Tras estar unos días dándole vueltas a la posibilidad de crear un espacio en el universo de internet donde contar lo que a mi intuición se le antoje, ocurra, sienta o por qué no, también lo que le convenga, nace este mi blog reconociendo que su origen tiene su inspiración en “gazpacho con socavones” y en “erase una vez que era”, bloggers de mis amigos Rafa y Juan respectivamente, encontrando así el punto de partida para hacer, de lo que se va ha llamar El Trastero, mi blog, donde no me pidan que les cuente lo que en él les contaré, porque respuesta para esto no tengo.
Como su propio nombre dicta será como un trastero en el que encontraremos de todo un poco, sin apenas orden y menos concierto. Desordenada será su temática, empero cargado de tal variedad de cosas que, como en la vida, por no desprendernos de ellas las colocamos en la habitación de los trastos con la intención primera de mantener viva la memoria de la historia que encierra aquello que guardamos porque quizás mañana nos pueda ser útil. Sintiendo que si nos deshacemos de lo que perdió su brillo perdemos un poco de nosotros mismos. Guardando trastos mantenemos, de alguna forma, presente momentos ya pasados.
Así, quiero traer yo mis cosas a este lugar, para que el olvido no se acuerde de ellas.
Nunca ha sido el trastero la estancia de los hogares con mayor interés en ser mostrada, quizás por eso ande medroso al dejar su puerta abierta para que pases y veas.