domingo, 8 de enero de 2012

¿Cómo hago?

Es verdad de la buena lo que a continuación cuento, no siendo un escrito basado, sino descrito sobre hechos reales que sucedieron me en un día cualquiera y con unas personas de las que no daré sus nombres porque el fondo de su asunto es de carácter personalísimo y no podría yo, en ningún caso, revelar datos identificativos de los protagonistas de la siguiente historia.
Sonó el teléfono y tras el aparato encontré un cliente cuya confianza en mi hace que las exigencias de responsabilidad se multipliquen a cada requerimiento que me hace. Me expuso brevemente la situación insostenible en la que se había tornado el matrimonio de un familiar suyo, precisaban la intervención de un abogado ya que en la pareja desavenida se acabaron las ganas de discutir y la amenaza de separación se confirmó como única alternativa a la viabilidad de la felicidad en los cónyuges. Acordamos que a los dos días siguientes, en su tarde, vendría su pariente a sentarse al otro lado de mi mesa de trabajo para encontrar la orientación que su suceso demandaba. Suele ser esta la habitual forma en la que se origina el cliente, siendo la primera cita prueba de fuego para obtener la confianza de quien te expone el ocurrido que le atormenta.
Y de esta forma, llegada la hora, me encuentro frente a un varón bastante educado y serio en las formas. Moderno en el vestir y arreglado para la ocasión, el rostro lo tenía apenado y transmitía que ansiaba el encuentro desde hacía días, se presentó con la duda de si vería algo de luz en tanta niebla como le rodeaba.
En una conversación fluida, comenzó a contarme los motivos por los que había llegado a dicha encrucijada con su esposa. Me contó, como suele ser habitual en la gente sencilla, más datos de los precisos, describiendo con naturalidad pasmosa hasta las negativas íntimas que recibía.
Me tocaba el turno de intervenir y dispuesto que empezara a comentar las cuestiones propias del asunto que le había traído; mutuo acuerdo, convenio regulador, custodia, régimen de visitas, alimentos, liquidación de gananciales… y mi protagonista, haciendo uso en toda su extensión de la función fática del leguaje, asentía pareciendo entender todo lo que le comentaba. En ningún momento me cuestionaba nada, ni interrumpía en cada uno de los conceptos que iba exponiendo. Todo ello, en contra de lo que a mis capacidades le convienen ya que una interpelación a tiempo siempre le da a uno aire para centrar ideas.
Continuaba con la exposición y, a mi gusto, parecía demasiado el tiempo que hacía que no cruzaba palabra el buen hombre que en frente tenía, es mi condición hacer un resumen breve de todo cuanto he dicho al terminar, y en ese momento el cliente se inclina sobre la mesa como buscando acomodo para hablar, me pongo a su disposición para cuantas cuestiones crea oportunas y él, muy determinante me responde:
-          Ya, pero… ¿Cómo hago para volver con ella?

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